sábado, 31 de octubre de 2015

El mito de las colectividades anarquistas

Las colectividades españolas de 1936 han sido presentadas como el modelo perfecto de la revolución. Al decir de anarquistas, trotskistas y también de muchos intelectuales bienpensantes en ellas se vivió la autogestión obrera de la economía, eliminaron la burocracia, aumentaron el rendimiento del trabajo y - maravilla de maravillas - fueron “obra de los obreros mismos”, ...«dirigidos y orientados en todo momento por los libertarios» (en palabras de Gastón Leval, anarquista autor de un libro sobre las Colectividades del 36).

Pero no sólo los radicales nos ofrecen el “paraíso” de las colectividades. Heribert Barrera - en 1936 republicano catalanista y hoy diputado a Cortes -, las elogia como «un ejemplo de economía mixta respetuosa de la libertad y la iniciativa humana», mientras los trotskistas y el POUM nos enseñan que «la obra de las colectividades dio un carácter más profundo a la revolución española que a la revolución rusa». También G. Munis y los compañeros del FOR, se hacen ilusiones sobre el carácter “revolucionario” y “profundo” de las colectividades.

Por nuestra parte nos vemos obligados, una vez más, a hacer de aguafiestas: las colectividades de 1936 no fueron un medio de la revolución proletaria sino un instrumento de la contrarrevolución burguesa; no fueron la organización de la nueva sociedad sino la tabla de salvación de la vieja, que se mantuvo con todo su salvajismo.

Y con esto no pretendemos desmoralizar a nuestra clase. Al contrario: la mejor manera de desmoralizarla es hacerla luchar por falsos modelos de revolución. La condición de su liberación y la de toda la humanidad es liberarse completamente de todo falso modelo, de todo falso paraíso,...
¿Qué fueron las colectividades?

En 1936 España, cogida de lleno por la crisis económica que desde 1929 sacude el capitalismo mundial, vive convulsiones particularmente graves.

Todo capital nacional sufre tres tipos de convulsiones sociales:

- la derivada de la contradicción fundamental entre burguesía y proletariado.

- la proveniente de los conflictos internos entre las distintas fracciones de la propia burguesía.

- la que ocasiona el enfrentamiento entre bloques imperialistas que toman cada país como escenario de su reparto de influencias y de mercados.

En la España de 1936 esas tres convulsiones confluyeron con una intensidad bestial, llevando al capitalismo español a una situación extrema.

En primer lugar, el proletariado español - todavía sin derrotar, al contrario de lo que ocurría con sus hermanos europeos -, presentó una enérgica batalla contra la explotación, jalonada por una extraordinaria escalada de huelgas generales, revueltas, e insurrecciones que causan la alarma de la clase dominante.

En segundo lugar, los conflictos internos de ésta se agravan por momentos. Una economía atrasada, desgarrada por formidables desequilibrios y devorada por ello con más intensidad por la crisis mundial, es el mejor caldo de cultivo para el estallido de conflictos entre la burguesía de derechas (terratenientes, financieros, militares, iglesia,... comandados por Franco) y la burguesía de izquierdas (industriales, clases medias urbanas, sindicatos, etc., dirigidos por la República y el Frente Popular).

Finalmente, la inestabilidad del capitalismo español, lo hace presa fácil de las apetencias imperialistas del momento, que espoleadas por la crisis, necesitan nuevos mercados y nuevas posiciones estratégicas, en su carrera de dominio. Alemania e Italia tienen su peón en Franco, disimulado bajo las caretas de la “tradición” y la “cruzada contra el comunismo ateo”, mientras que las potencias occidentales y Rusia - entonces aliadas -, encuentran en la República y el Frente Popular su bastión, parapetados tras las cortinas del “antifascismo” y la “lucha por la revolución”.

En este contexto surge la sublevación de Franco el 18 de Julio de 1936, la cual significa para la clase obrera, la culminación de la sobrexplotación y la represión iniciadas por la república desde 1931. Pero su respuesta es inmediata y fulminante: la huelga general, la insurrección, el armamento de masas y la expropiación y ocupación de las empresas.

Desde el primer momento todas las fuerzas de la burguesía de izquierdas, que van desde los partidos republicanos hasta la CNT, tratan de encerrar a los obreros en la trampa de la “lucha antifascista” y, dentro de ella, de convertir las expropiaciones de empresas en un fin en sí mismo, para hacer volver al trabajo a los obreros con la ilusión de que las empresas son suyas, pues están “colectivizadas”.

Las jornadas de julio no iban solo contra Franco, sino a la vez, contra el Estado republicano: los obreros, si no quieren verse derrotados, deben concebir la huelga, la expropiación de empresas y el armamento como inicio de una ofensiva contra todo el Estado capitalista, tanto el franquista como el republicano. Por ello, para rematar con éxito la huelga insurreccional, los obreros no podían conformarse con la expropiación de empresas y la formación de milicias, sino que debían destruir al mismo tiempo que al ejército franquista, a todas las fuerzas políticas republicanas. (Los Azaña, Companys, PC, CNT, etc) y, en segundo lugar, destruir totalmente el Estado capitalista, levantando sobre sus escombros, el poder de los Consejos Obreros.

Sin embargo la clave del fracaso proletario, de su aislamiento, y de su alistamiento en la barbarie de la guerra civil, estuvo en que las fuerzas republicanas, y sobre todo la CNT y el POUM, consiguieron impedir a los obreros dar el paso decisivo - destruir el Estado capitalista -, y encerrarlos en la “colectivización de la economía” y la “lucha antifascista”.

Catalanistas, Frente Popular, POUM y sobre todo CNT, logran encerrar a los obreros en la simple expropiación de las empresas, convirtiéndolas en “COLECTIVIDADES REVOLUCIONARIAS”, las cuales, al mantenerse dentro del Estado capitalista, dejándolo intacto, no sólo se vuelven inútiles para los obreros, sino que se convierten en un medio de sobrexplotación y control por el Capital:

«Como el poder del Estado quedó en pie, la Generalitat de Cataluña podía legalizar tranquilamente las expropiaciones obreras y formar corro con todas las corrientes “obreras” que engañaban a los trabajadores con las expropiaciones, el control obrero, el reparto de la tierra, las depuraciones,... pero que guardaban un silencio criminal respecto a la realidad terriblemente efectiva y poco aparente, de la existencia del Estado Capitalista. Por ello las expropiaciones obreras quedaban integradas en el marco del Capitalismo de Estado.» (BILAN).

Y así vemos como la CNT, que nunca había convocado la huelga espontánea de los obreros del 19 de Julio, ni nunca había llamado a tomar las armas, llama enseguida a volver al trabajo, a terminar la huelga, o sea a impedir el asalto obrero al Estado capitalista, con la excusa de que las empresas “están colectivizadas”. Gastón Leval en su libro «Colectividades libertarias en España», razona así: «Al producirse el ataque fascista, la lucha y el estado de alerta movilizaron a la población durante cinco o seis días, al cabo de los cuales la CNT dió orden de reanudar el trabajo. Prolongar la huelga habría sido contra los intereses de los mismos trabajadores que asumían la responsabilidad de la situación».

Estas colectividades que según el POUM eran «una revolución más profunda que la revolución rusa», sirvieron para justificar la vuelta al trabajo y someter a los obreros a la producción para la guerra. En las condiciones de entonces, de convulsión y disgregación extrema del edificio capitalista, la fachada radical de las colectividades era el último recurso para hacer trabajar a los obreros y salvar el orden explotador, como reconoció francamente Osorio y Gallardo, político de derechas: «Enjuiciemos imparcialmente. Las colectividades fueron una necesidad. El capitalismo había perdido toda su autoridad moral y ni los dueños podían mandar, ni los obreros querían obedecer. En tan acongojante situación o la industria quedaba abandonada o se incautaba de ella la Generalitat estableciendo un comunismo soviético».
Al servicio de la economía capitalista

Cuando nos dicen que las colectividades fueron un modelo de “comunismo”, de “poder obrero”, que “fueron una revolución más profunda que la rusa”,... hay que echarse a reír. La cantidad de datos, hechos y testimonios que demuestran lo contrario es abrumadora. Veamos:

Primero. Gran número de colectivizaciones se hicieron de acuerdo con los propios patronos. A propósito de la colectividad de la industria chocolatera de Torrente (Valencia), Gastón Leval en el libro antes citado, nos dice: «Motivados por el deseo de modernizar la producción tanto como de suprimir la explotación del hombre por el hombre, la CNT convocó una asamblea el 1º de Septiembre de 1936. Los patronos fueron invitados a participar en la colectividad lo mismo que los obreros. Y todos aceptaron asociarse para organizar la producción y la vida sobre bases inéditas».

Las “bases inéditas” de la vida se hacían respetando todos los pilares del régimen capitalista. Así la Colectividad de Tranvías de Barcelona,... «no sólo aceptó pagar a los acreedores de la compañía las deudas contraídas, sino que también trató con los accionistas que fueron convocados a una asamblea general» (Gastón Leval, libro citado).

¡Profunda “revolución” ésta que asume las deudas adquiridas y respeta los intereses de los rentistas! ¡Extraña manera de organizar la producción y la vida sobre bases inéditas!

Segundo. Las colectividades sirvieron, en manos de los sindicatos y partidos burgueses, para reconstruir la economía capitalista:

a) para concentrar empresas: «Nos hemos hecho cargo de talleres microscópicos con un número insignificante de trabajadores, sin esbozo de actividad sindical, cuya inactividad perjudicaba a la economía» (Informe del sindicato de la madera de la CNT de Barcelona).

b) para racionalizar la economía: «Como primer paso hemos establecido la solidaridad financiera de las industrias, organizando un Consejo General de Economía, donde cada ramo tiene dos delegados. Los recursos excedentes servirán para ayudar a las industrias deficitarias para que reciban la materia prima y demás elementos de la producción» (CNT de Barcelona, 1936).

c) para centralizar la plusvalía y el crédito canalizándolos según las necesidades de la economía de guerra: «En toda empresa colectivizada el 50% de los beneficios se destinará a la conservación de los recursos propios y el otro 50% pasará a poder del Consejo Económico local o comarcal, según corresponda» (Ponencia de la CNT sobre colectividades, diciembre de 1936).

Como se ve, ni un céntimo de los beneficios para los trabajadores. Pero ¡no pasa nada!, Gastón Leval lo justifica con el mayor cinismo: «Puede con razón preguntarse por qué los beneficios no son repartidos entre los trabajadores a cuyo esfuerzo son debidos. Respondemos: porque son reservados para fines de solidaridad social»

¡”Solidaridad social” con la explotación, con el esfuerzo de guerra, con la miseria más terrible!

Tercero. Las colectividades se detienen respetuosas ante el capital extranjero. Según el POUM «para no molestar a los países amigos». Traduzcamos: para supeditarse a las potencias imperialistas a las que estaba enfeudado el bando republicano.

¡Maravillosa y profunda revolución!

Cuarto. Los organismos que gestionaban y dirigían las colectividades (sindicatos, partidos políticos, comités) estaban plenamente integrados en el Estado capitalista: «Los comités de fábrica y los comités de control de las empresas expropiadas se transformaron en órganos para activar la producción y, por eso mismo, fueron desdibujados en cuanto a su significación de clase. No se trataba ya de organismos creados en el curso de una huelga insurreccional para derribar al Estado, sino de organismos orientados hacia la organización de la guerra, condición esencial para permitir la supervivencia y el reforzamiento de dicho Estado» (BILAN).

La CNT participó en el Consejo de Economía de Cataluña con 4 delegados, en el Gobierno de la Generalitat con 3 ministros, y en el Gobierno central de Madrid con otros tres ministros. Pero no sólo participaron de lleno en la cumbre del Estado sino también en la base del mismo, pueblo a pueblo, empresa a empresa, barrio a barrio. En la España republicana había cientos de alcaldes, concejales, administradores, jefes de policía, oficiales militares, etc., “libertarios”.

Pero esas fuerzas no sólo eran parte integrante del Estado por su participación directa en él. Era toda la política que defendían la que les hacía carne y sangre del orden capitalista. Esa política que ató en todo momento la acción de las colectividades fue la unidad antifascista, que justificó el sacrificio de los obreros en el frente de guerra y la sobrexplotación en la retaguardia. Gastón Leval nos explica claramente esa política llevada, junto a otros, por la CNT: «Había que defender las libertades tan relativas y sin embargo tan apreciables representadas por la República». Gastón Leval “olvida” la “apreciable libertad obrera” que significó la represión de la República contra las huelgas de los trabajadores (recuérdese Casas Viejas, Alto Llobregat, Asturias,...)

«No se trataba de hacer una revolución social, ni de la implantación del comunismo libertario, ni de la ofensiva contra el capitalismo, el Estado, o los partidos políticos: se trataba de impedir el triunfo del fascismo» (Leval, op cit) ¡Más claro agua!. El programa de la CNT era el mismo que el PCE: la defensa del capitalismo bajo el camelo antifascista!

Quinto. El carácter “revolucionario”, “anticapitalista”, “libertario”, etc. de las colectividades fue convenientemente avalado por el Estado capitalista que las reconoció mediante el Decreto de Colectividades (24/10/36), y las coordinó por la constitución del Consejo de Economía ¿Quién firmó ambos decretos? ¡El Sr. Terradellas, hoy flamante presidente de la Generalitat de Cataluña!

Forzoso es concluir que las colectividades no significaron el más mínimo ataque al orden burgués, sino que fueron una forma que este adoptó para reorganizar la economía y salvar la explotación, en unos momentos de máxima tensión social y enorme radicalización obrera que no permitían usar los métodos tradicionales: «Ante un incendio de clase, el capitalismo no puede ni siquiera pensar en recurrir a los métodos clásicos de la legalidad. Lo que le amenaza es la independencia de la lucha proletaria que condiciona la próxima etapa revolucionaria hacia la abolición de la dominación burguesa. Por consiguiente el capitalismo debe rehacer la malla de su control sobre los explotados. Los hilos de esta malla que antes eran la magistratura, la policía, las prisiones, se transforman, en la situación explosiva de Barcelona, en los Comités de Milicias, las industrias socializadas, los sindicatos obreros, las patrullas de vigilancia, etc» (BILAN).
La implantación de la economía de guerra

Una vez visto el carácter de instrumento capitalista de las colectividades, vamos a ver que papel jugaron, y este fue el de implantar dentro de los obreros una draconiana economía de guerra que permitiera afrontar los enormes gastos y la gigantesca sangría de recursos que suponía la guerra imperialista que se libraba en España en 1936-39.

La economía de guerra supone, en pocas palabras, tres cosas:

1º.- La militarización del trabajo.

2º.- Los racionamientos

3º.- Dirigir toda la producción hacia un fin exclusivo, totalitario y monolítico: la guerra.

El taparrabo de las colectividades sirvió a la burguesía para imponer a los obreros una disciplina militar en el trabajo, la ampliación de la jornada laboral, la realización de horas extra gratuitas: «Artículo 24: todos vendrán obligados a trabajar sin límite de tiempo lo que precise el bien de la colectividad. Artículo 25: todo colectivista está obligado, aparte del trabajo que normalmente le sea asignado, a prestar, allí donde se encuentre, su ayuda en todos los trabajos urgentes o imprevistos» (Colectividad de Jávea -Alicante-).

En las “asambleas” de las colectividades se imponían “democráticamente”, más y más medidas cuartelarias: «Se acordó organizar un taller donde las mujeres irían a trabajar en lugar de perder el tiempo charlando en las calles. Se acabó diciendo que en cada taller hubiera una delegada que se encargara de controlar a las aprendizas, las cuales si faltan dos veces sin motivo serán expulsadas sin apelación» (Colectividad de Tamarite -Huesca-).

Respecto a los racionamientos, una revista catalanista de la época no explica con la mayor caradura, el método “democrático” de imponérselos al proletariado: «En todos los países se obliga a los ciudadanos a guardarlo todo desde los metales preciosos hasta las pieles de patata. El poder público les exige este régimen de rigor,... Pero aquí en Cataluña, el Gobierno calla pues no tiene necesidad de pedir, es el pueblo quien, espontáneamente, completa su obra, imponiéndose voluntariamente, conscientemente, un racionamiento riguroso».

La primera ley del “ultrarevolucionario” Consejo de Aragón de Durruti fue: «Para efecto de suministro de los colectivistas se establecerá la carta de racionamiento». Estos racionamientos impuestos por “medidas revolucionarias” y “conscientemente aceptados por los ciudadanos” significaron una miseria indescriptible para los obreros y para toda la población. Gastón Leval, en el mencionado libro, reconoce que: «En la mayoría de las colectividades faltó casi siempre la carne y, a menudo, hasta las patatas».

Finalmente, la disciplina cuartelaria, los racionamientos que la burguesía impuso tras la careta de las colectividades, tenían un fin exclusivo: sacrificar todos los recursos humanos al dios sanguinario de la guerra imperialista:

En la colectividad de Mas de las Matas y a propuesta de la CNT: «Se adaptaron las instalaciones de la bodega a la fabricación de alcohol de 96º, imprescindible para la medicina en los frentes. Se limitó igualmente la compra de vestidos, máquinas, etc., destinados al consumo de los colectivistas, pues esos recursos no debían ser para lujos sino para el frente». Y en la colectividad de Alicante: «el Gobierno, reconociendo los progresos de las colectividades en la provincia, encargó armamento a los talleres sindicales de Alcoy, paños a la industria textil socializada y zapatos a la industria de Elda igualmente en manos libertarias, con objeto de armar, vestir y calzar a los soldados» (Gastón Leval, libro citado).
Las colectividades instrumento de sobreexplotación

La demostración más palpable del carácter antiobrero de las siniestras “colectividades” anarquistas es que a través de ellas la burguesía republicana redujo hasta límites insospechados , las condiciones laborales y humanas de los obreros:

- los salarios descendieron desde Julio de 1936 y Diciembre de 1938 un 30% nominal, mientras que el descenso del poder adquisitivo fue mucho mayor: más de un 200%.

- los precios pasaron de un 166’8 en Enero de 1936 (índice 100 para 1933), a un 564% en Noviembre de 1937 y un 687’8 en Febrero de 1938.

- el paro a pesar de la enorme sangría de gente enviada a los frentes subió entre Enero del 36 y Noviembre de 1937, un 39%.

- la jornada laboral subió a 48 horas (en 1931 era de 44, en Julio de 1936 la Generalitat catalana para calmar las luchas obreras decretó la semana de 40 horas pero a los pocos meses desaparecería con la excusa del esfuerzo de guerra y la “colectivización”). El número de horas extra gratuitas recargó la jornada laboral en un 30% más.

Fueron precisamente las fuerzas “obreras” (PCE, UGT, POUM y, especialmente, la CNT) quienes reclamaron con más ahínco la sobrexplotación y el empeoramiento de la situación de los obreros.

Peiró, bonzo de la CNT, escribía en Agosto de 1936: «Para las necesidades nacionales no es bastante la semana de 40 horas, la cual, por cierto, no puede ser más inoportuna».

Las consignas sindicales de la CNT son de lo “más favorables” para los trabajadores: «Trabajar, producir y vender. Nada de reivindicaciones salariales o de otro tipo. Todo ha de quedar subordinado a la guerra. En todas las producciones que tengan relación directa o indirecta con la guerra antifascista no se podrá exigir que sean respetadas las bases de trabajo ni en jornada ni en salario. Los obreros no podrán pedir remuneraciones especiales por las horas extras efectuadas para la guerra antifascista y deberán aumentar la producción respecto al período anterior al 18 de Julio».

EL PCE grita: «No a las huelgas en la España democrática. ¡Ningún obrero ocioso en la retaguardia!».

Naturalmente las colectividades como instrumento de “poder obrero” y “socialización” en manos del Estado fueron la excusa que hacía tragar a los obreros esa brutal reducción de sus condiciones de vida.

Así, en la Colectividad de Graus (Huesca): «A las muchachas no se les paga el sueldo por su trabajo, dado que sus necesidades están ya cubiertas por el salario familiar». En la colectividad de Hospitalet (Barcelona),... «comprendiendo la necesidad de un esfuerzo excepcional se rechaza el aumento del 15% en los salarios y la disminución de la jornada laboral decretada por el Gobierno» ¡más papistas que el Papa!.
Conclusiones

Recordar esta dolorosa experiencia histórica que padeció el proletariado español, denunciar el gran timo de las colectividades con el que la burguesía logró engañarle, no es cuestión de intelectuales o eruditos, es una necesidad vital para no volver a caer en la misma trampa. Para derrotarnos y hacernos tragar medidas de sobrexplotación, paro y sacrificio, la burguesía recurre al engaño: se disfraza de “obrera” y “popular” (en 1936 los burgueses se hacían callos en las manos y se vestían de obreros), “socializa” y “autogestiona” las fábricas, llama a todo tipo de solidaridades interclasistas con banderas como el “antifascismo”, la “defensa de la democracia” o la “lucha antiterrorista”..., da a los obreros la impresión de “ser libres”, de “controlar la economía”, etc. Pero detrás de tanta “democracia”, “participación” y “autogestión”, se esconde, intacto, más poderoso y reforzado que nunca, el aparato de Estado burgués, alrededor del cual, las relaciones capitalistas de producción se mantienen y agravan en todo su salvajismo.

Hoy, cuando las leyes fatales del capitalismo senil lo conducen hacia la guerra imperialista, es la “sonrisa”, la “confianza en los ciudadanos”, la “más profunda democracia”, la “autogestión”,... el gran teatro tras el cual el capitalismo pide más y más sacrificios, más y más paro, más y más miseria, más y más sangre en los campos de batalla. De los escarmentados nacen los avisados. Las colectividades del 36 fueron uno de esos falsos modelos, de esas bellas ilusiones, a través de las cuales el capitalismo llevó a los obreros a la derrota y a la matanza. La lección de aquellos hechos debe servir a los proletarios de hoy para salvar las trampas que les tiende el capital y poder avanzar hacia su liberación definitiva.

Junio de 1978

Artículo publicado en el nº 15 de la Revista Internacional (órgano internacional de la CCI).

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